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Los premios de 2005 se darán a
conocer el 25 de abril, 2006
Ganadores del Premio Nacional de Periodismo 2004
Categoría
Nombre
Título del
Trabajo
Medio
Noticia
Omán
Anwar Nevárez Canto El cuarto pasajero El Imparcial
Reportaje/ Periodismo de Investigación
José Woldenberg,
Ricardo Becerra y
Leopoldo Gómez México: La historia de
su democracia Televisa
Crónica
Alejandro Almazán
Cinco días secuestrada,
cinco días de infierno La Revista
Entrevista
Carlos Loret de Mola
Entrevista a Verónica Ortiz,
Fundación Vamos México Televisa
Fotografía
Daniel Aguilar Rodríguez
Haití, vivir la muerte Reforma,
Milenio,
Diario Monitor,
La Jornada,
Cuarto Obscuro
Artículo
de Fondo / Opinión
José Luis Piñeyro Héroes a fuerza El Universal
Caricatura
/ Humor
Luis Fernando Enríquez
Rocha El verdadero código
Da pinchi La Revista
Orientación a la sociedad
Jaél Cristina Alvarado Jáquez y
Efraín Martínez Luna Nunca se es muy chiquito
para saber de SIDA Coordinación de Comunicación
Social UAZ
Mesa de
Análisis / Debate
Javier Solórzano,
Carmen Aristegui,
Ivo Gaytán y
Daniel Ruíz
Entre los dados cargados y las cartas
sobre la mesa MVS, Noticias Canal 52
Premio a la Trayectoria
Periodística
Miguel Angel Granados Chapa
Premio
Nacional de Periodismo 2002*
Trayectoria Periodística: Julio Scherer García
Reportaje: Juan Carlos Zúñiga, El Imparcial de Hermosillo
Debió "Pelón" ser gobernador
Fotografía: Daniel Aguilar, Reuters
reportaje sobre San Salvador Atenco.
Noticia: Gustavo Castillo y
Enrique Méndez, La Jornada,
"Indagan si equipo de Labastida desvió fondos de PEMEX"
Crónica: Juan Veledíaz,
revista Proceso
"Secretos de una tragedia militar"
Caricatura: Antonio Helguera
Martínez, La Jornada
cartón "¿Qué ver y que no ver?"
Entrevista: Jorge Morales Almada,
Frontera de Tijuana
Conversación con el narcotraficante Benjamín Arellano Félix
Artículo de Fondo: desierto
* Auspiciado por: Consejo Ciudadano del Premio Nacional de
Periodismo
Total de trabajos presentados: 375
El Imparcial, 06 de Octubre
del 2002
Debio "Pelón" ser
gobernador
Por Juan
Carlos Zúñiga, Oficina México
MÉXICO, D.F. (PH)
Adalberto
Rosas López debió asumir la gubernatura de Sonora en 1985, pero se cometió
contra él un fraude electoral orquestado desde la Secretaría de Gobernación,
revelan expedientes secretos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS).
Según el
expediente 026-037-001 de la DFS, fechado el 8 de julio de 1985, el Gobierno
cometió un gran fraude electoral para imponer como Gobernador al candidato del
PRI, Rodolfo Félix Valdés, quien fue derrotado 10 a 1 por Rosas López en las
elecciones del 7 de julio de 1985.
Los
expedientes de la Dirección Federal de Seguridad sobre las elecciones de 1985 se
encuentran en el Archivo General de la Nación (AGN), luego de que el Congreso de
la Unión aprobó el pasado 30 de abril la Ley Federal de Transparencia y Acceso a
la Información y que obligó al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen)
a revelar al público sus archivos secretos.
El fraude
electoral contra el PAN se planeó desde el 13 de septiembre de 1984, según
consta en los expedientes de la DFS titulados “Panorama político de Sonora en
1984”, y en donde se recomienda al PRI Sonora, al Gobierno del Estado y a la
Secretaría de Gobernación implementar las mismas acciones de fraude utilizadas
en 1982.
Entre las
acciones, la DFS propone el “embarazo” y robo de urnas, la compra de votos, el
control total sobre la Comisión Local Electoral la conformación de grupos de
choque para agredir a los opositores.
“La
experiencia electoral de 1982 fue fatal. La de 1985 será desastrosa; a Félix
Valdés habrá que imponerlo porque democráticamente no ganará, del mismo modo que
ningún otro del PRI, quien fuere.
“Félix Valdés
perderá 10 a 1 frente al candidato del PAN Adalberto Rosas López. Y es que
además Félix Valdés no tiene el apoyo
del
gobernador Samuel Ocaña García”, dictamina el documento escrito en 1984.
El expediente
026-037-001 consigna que Maximiliano Silerio Esparza, delegado del CEN del PRI
en Sonora, coordinó en todo el Estado durante los días 7 y 8 de julio de 1985 un
operativo de “embarazo” de urnas, luego del arrollador triunfo de Rosas López
sobre el candidato del PRI.
Funcionarios
del PRI estatal y del Gobierno del Estado se encargaron de “ajustar” las urnas,
introduciéndoles miles de votos a favor de los candidatos del tricolor.
Fue tal la
desesperación del Gobierno ante el triunfo de Acción Nacional, que el día de las
elecciones el gobernador Samuel Ocaña
García
propuso a la Secretaría de Gobernación negociar con el PAN la gubernatura a
cambio de “sacrificar” a los candidatos a alcalde, Héctor Guillermo Balderrama
Noriega; y a diputados federales
Alicia
Arellano Tapia (Distrito II), Ismael Torres Díaz (Distrito V), Jorge Acedo
Samaniego (Distrito VI) y Francisco Villanueva Castelo (Distrito VII).
En los
documentos de la DFS se afirma, además, que el PRI también cometió fraude
electoral en 1982, pues perdió en 18 de los 69 municipios: Entre ellos
Hermosillo, San Luis Río Colorado, Agua Prieta, Nogales, Naco, Ciudad Obregón,
Navojoa, Guaymas y
Empalme.
El plan
Desde el 13
de agosto de 1984 se planeó el fraude electoral de 1985, donde utilizaron los
siguientes métodos:
-“Embarazo” y
robo de urnas
-Compra de
votos
-Control de
la Comisión Local Electoral
-Conformación de grupos de choque para agredir a los opositores.
La Jornada, 19 de enero, 2002
* Dos de los detenidos durante la Operación Crudo de la PGR trabajaban para
el SAT
Presunto desvío de fondos de Pemex a campaña del PRI; tres arraigados
* La Comisión de Fiscalización del IFE podría solicitar informes del
caso
GUSTAVO CASTILLO Y ENRIQUE MENDEZ
La Unidad Especializada contra la Delincuencia Organizada (UEDO)
mantiene
bajo arraigo domiciliario desde los últimos días de diciembre a tres
colaboradores de ex altos funcionarios de la campaña presidencial de
Francisco Labastida Ochoa, por el presunto desvío de mil millones de pesos
de Petróleos Mexicanos para financiar las actividades del PRI durante las
pasadas elecciones. La PGR denominó la investigación Operación Crudo.
La investigación involucra según fuentes oficiales al Sindicato de
Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), a ex funcionarios
de la paraestatal y a personajes de primer nivel de la campaña labastidista.
En diciembre fueron detenidos y posteriormente arraigados Melitón Cázares,
Andrés Heredia y Alonso Beraza, a partir de una autorización dictada por el
juzgado tercero de distrito en materia penal con sede en el Distrito
Federal, para determinar si tienen o no responsabilidad penal en la
desviación de recursos de Pemex.
La situación legal de ellos aún no se determina, dado que uno de sus
abogados estaría negociando con las autoridades federales la posibilidad de
convertirlos en testigos protegidos, figura que está permitida en la actual
Ley Federal contra la Delincuencia Organizada. Sin embargo, se presume que
sólo son la punta de una larga madeja que enreda a la clase política
priísta. De hecho, Marco Antonio Zazueta Félix, representante del PRI ante
el IFE durante la elección presidencial de 2000 e integrante del Grupo
Sinaloa, es abogado defensor de dos de los arraigados.
Anomalías financieras
A raíz de las auditorías practicadas a Pemex por la Secretaría de la
Contraloría y Desarrollo Administrativo (Secodam), la dependencia que
encabeza Francisco Barrio presentó la denuncia ante la Procuraduría General
de la República (PGR) por supuestas anomalías financieras durante la
administración de Rogelio Montemayor Seguy.
La indagatoria, que las autoridades consideran "incipiente", ya trascendió
de la esfera judicial a la política, tanto que el próximo lunes la Comisión
de Fiscalización del IFE discutirá la posibilidad de que el Consejo General
pida a la Secodam y a la PGR "los informes que obren en su poder
relacionados con hechos que pueden operar como indicios sobre posibles
irregularidades relativas al financiamiento del Partido Revolucionario
Institucional".
La información obtenida revela que en 2000 Pemex dio cumplimiento a un
convenio celebrado con el STPRM, y pagó un supuesto "adeudo" que tenía con
el sindicato. Ese monto sumaba 5 mil millones de pesos; sin embargo, se
llegó al acuerdo de que la cifra a cubrir sería sólo de mil millones de
pesos.
El pago se habría hecho con la anuencia de la Secretaría de Energía,
entonces a cargo de Luis Téllez, y por acuerdo del Consejo de Administración
de Pemex.
El dinero fue pagado en efectivo vía la empresa de resguardo y transporte de
valores Cometra, y llevado a la sede nacional del PRI, donde se entregó como
parte de los recursos que esa organización política utilizaría en las
campañas electorales de ese año.
La Secodam detectó que en esos movimientos participaron Melitón Cázares,
Andrés Heredia y Alonso Beraza. Al momento de su detención, los dos primeros
colaboraban en el Sistema de Administración Tributaria (SAT), y a Beraza se
le ubica en las indagatorias como "particular".
Cázares y Heredia trabajaron en la subsecretaría de Finanzas priísta cuya
cabeza era el ex oficial mayor de Labastida en Gobernación, Jorge Cárdenas
Elizondo durante la campaña presidencial, y posteriormente se integraron al
SAT.
El STPRM fungió como "intermediario" para la transferencia de mil millones
de pesos, y ante la presunción de que el convenio y los supuestos adeudos
fueron utilizados para disfrazar el desvío de recursos, la Secodam pidió la
intervención de la PGR, con la que trabaja en el estudio de la legalidad de
los adeudos de Pemex con el sindicato, y el acuerdo por el cual se liberó
ese capital.
El caso fue turnado a la UEDO, pues se considera la posibilidad de que las
transacciones pudieran tipificarse como operaciones con recursos de
procedencia ilícita (lavado de dinero), delito definido en el artículo 400
bis del Código Fiscal de la Federación.
Esa unidad especializada de la PGR tiene entre sus facultades conocer no
sólo casos de narcotráfico, sino de otros ilícitos.
El arraigo servirá para determinar la responsabilidad de los tres detenidos
o decretar jurídicamente que no existen elementos para proceder en su contra
y se les dejaría en libertad.
En estos casos, donde se presume delincuencia organizada, la ley permite a
la PGR solicitar el arraigo de los presuntos inculpados hasta por 90 días
para determinar su situación jurídica.
Los gastos del PRI
Oficialmente, el PRI gastó durante ese año mil 386 millones 300 mil pesos,
de los cuales la Comisión Nacional de Financiamiento del partido informó que
66.45 por ciento correspondieron al monto que recibió del IFE, y 20.97 por
ciento a aportaciones privadas.
Curiosamente, al cierre del año, el tricolor ejerció la misma cantidad, mil
386 millones 300 mil pesos, según los reportes del entonces secretario de
Administración y Finanzas del CEN, Jorge Cárdenas Elizondo, quien fue
oficial mayor de la Secretaría de Gobernación con Labastida Ochoa, y que
permaneció un año más en el PRI para "sanear" sus finanzas.
La explicación que se dio respecto de que el PRI no gastó ni un peso más de
lo que recibió, fue que "se logró el equilibrio entre ingresos y egresos,
asociado al principio fundamental de transparencia financiera".
El reporte, que presentó el actual secretario de Finanzas del gobernador
mexiquense, Arturo Montiel, Héctor Luna de la Vega quien presidió la
comisión de fiscalización en el proceso interno de 1999 para elegir
candidato presidencial, detalló así los gastos del PRI en la campaña:
"Actividades específicas: 6.2 millones de pesos (0.45 por ciento). Operación
del partido, 425.5 millones de pesos (30.69 por ciento). Gastos de campaña
950.5 millones de pesos (68.56 por ciento). Y una disponibilidad expresada
en sus estados financieros de 4.1 millones de pesos (0.30 por ciento)."
De los 950.5 millones de pesos reportados como gastos de campaña, 486.5
millones se destinaron a la de Labastida y el resto a las de los candidatos
a legisladores federales.
El informe de actividades administrativo-finacieras de 2000 fue avalado y
suscrito por la Comisión Nacional de Financiamiento y presentado tanto al
CEN como al Consejo Político Nacional en febrero pasado.
Dicha comisión estaba integrada por los actuales coordinadores
parlamentarios del PRI, Enrique Jackson Ramírez y Rafael Rodríguez Barrera;
la ex secretaria de Derechos Humanos del PRI, Cristina Alcayaga; el ex
subsecretario de Gobernación con Labastida, Dionisio Pérez Jácome; el
dirigente del Frente Juvenil Revolucionario, Alejandro Guevara Cobos; el
coordinador de la campaña de Labastida en el Distrito Federal, Joaquín
Alvarez Ordóñez, y Luna de la Vega.
Este reporte también fue entregado al IFE por el diputado Felipe Solís
Acero, luego de que Cárdenas Elizondo entregó los dos informes financieros
del partido, los correspondientes al origen y destino de los recursos
ejercidos por el PRI, y el anual de gastos ordinarios del instituto
político, aprobados y sancionados por el Consejo General.
Anoche, fuentes del CEN afirmaron que para el PRI "cualquier asunto
relacionado" con los gastos de la campaña presidencial de 2000 "está
cerrado"; recordaron que en 2001, cuando PAN y PRD presentaron pruebas
adicionales sobre el financiamiento de Carlos Cabal Peniche a la campaña de
Ernesto Zedillo, tanto el IFE como el Tribunal Electoral del Poder Judicial
de la Federación desecharon los recursos.
Proceso No. 1351, 22 de Sept. 2002
Secretos de una tragedia militar
juan veledíaz
La mayoría eran jóvenes con no más de un año en el Ejército. Dos errores de su
comandante --desviar el camino y dar mal las coordenadas, con un equipo de radio
sin batería de repuesto-- fueron los factores que provocaron la trágica muerte
de un grupo de militares en Laguna Salada, Baja California, en el verano de
1996. “Proceso” obtuvo los documentos judiciales que contienen los relatos de
quienes sobrevivieron a las noches y días de extravío con temperaturas arriba de
los 40 grados.
El silencio del desierto se suspendía cuando las pisadas de las botas militares
avanzaban sobre un sendero de piedras y arena. Amanecía, en el árido paisaje de
Sonora, cuando el cabo de Transmisiones, José Luis Cota Santillanes, no aguantó
más y se derrumbó. Unas horas antes, a las tres de la mañana de aquel 29 de
julio de 1996, había salido en marcha hacia Campo Mosqueda con un grupo de 34
soldados, con los que integraba la patrulla Tecolote. Eran los días del
asfixiante verano en que la temperatura llegaba más allá de los 42 grados.
Después de dos semanas de convivir en un desolado lugar conocido como Laguna
Salada, a cuatro horas por carretera de Mexicali, la caminata, que ese día
comandaba el subteniente Alejandro Herrera Montalvo, era la última prueba para
concluir el Curso de Patrullas de Operaciones Especiales (CPOE). El grupo
pertenecía al 18 Regimiento de Caballería Mecanizada que tiene su base en
Nogales, Sonora, y el adiestramiento se había iniciado el día 16, en su primera
fase, con tácticas para operaciones en montaña en la región del Cañón de
Guadalupe. Días después se habían trasladado a un lugar cercano llamado El
Manatú, en donde desarrollaron la segunda parte, que consistía en estrategias
para operaciones en el desierto. El día 25 la patrulla partió en una caminata
nocturna hasta Guardianes de la Patria, donde fue adiestrada sobre operaciones
en poblados.
Cuando, al amanecer del día 29, Cota Santillanes comenzó a sentir los primeros
síntomas de deshidratación, otro de sus compañeros, el soldado de Intendencia,
Tomás Matlacuatzi Meléndez, también tenía un profundo mareo que le impedía
sostenerse en pie.
La tarde anterior, en Guardianes de la Patria, los integrantes de la patrulla
tuvieron su última revisión médica antes de partir, a cargo del teniente Jorge
Carrillo Guzmán, médico cirujano especialista en ginecobstetricia, que había
llegado de la comandancia de región con el mayor Héctor Sánchez Rodríguez para
dejarles una dotación de víveres.
El capitán José Ever Rueda Barrón, coordinador del curso, le entregó un informe
al mayor Sánchez sobre lo realizado en los últimos días y le notificó que el
programa llegaba a su fin al día siguiente con la marcha. Carrillo Guzmán
atendió a varios soldados, a algunos les revisó la piel por quemaduras, a otros,
como el sargento Luis Saavedra López, lo exceptuó de la caminata por tener una
torcedura en el tobillo. A Cota Santillanes, después de revisarle boca, tórax y
abdomen, le recetó metronidazol debido a que se quejaba de dolores en el
estómago.
La hora para salir hacia Campo Mosqueda, a 32 kilómetros de ahí, estaba fijada a
las tres. El capitán Rueda Barrón seguiría al grupo en un carro ligero de
exploración con remolque, en el que transportaban un tambo con 200 litros de
agua y víveres. Con él iban los subtenientes Rafael Galindo Vázquez y Gustavo
Moreno Osorio, instructores en las primeras semanas del curso, así como el cabo
conductor Alberto Zárate López y el lesionado Saavedra.
Las instrucciones del capitán al subteniente Herrera Montalvo, comandante de la
patrulla, eran que entregara a todos los integrantes los datos de la marcha,
planos de orientación, la dotación de agua y víveres para el camino. El objetivo
era que la columna llegara alrededor de las ocho de la mañana a un puesto de
observación y vigilancia establecido en las inmediaciones del cerro El Mayor,
donde serían reabastecidos.
DESVIACIÓN MORTAL
A las tres de la mañana, los soldados tomaron su desayuno: dos hot dogs y café.
El subteniente tuvo que despertar al capitán Rueda para solicitarle autorización
para que la patrulla partiera. Una vez otorgada, el oficial siguió durmiendo
mientras la columna comenzaba la marcha.
Después de tres horas de camino y al despuntar el alba que iluminaba el perfil
del cerro El Mayor, el subteniente Herrera ordenó a la columna, cuando miró una
serie de curvas, que desviaran la ruta unos grados para avanzar en línea recta;
poco después ingresaron a un terreno desnivelado. Sobre su espalda Cota
Santillanes llevaba la radio Harris. Fue cuando comenzó a sentirse mal y aflojó
el paso.
El sargento Gustavo Romo García lo vio y le gritó que no aflojara; el cabo
respondió que él caminaría a su ritmo. El subteniente escuchó todo y ordenó un
alto. Media hora después reanudaron el camino.
El poco viento que soplaba quemaba la cara y las orejas, secaba los labios y
envolvía la cabeza. A esa hora, a la mayoría de los soldados les quedaba un
cuarto de agua en sus cantimploras.
El soldado de Sanidad, Jesús Mario Rivas Medina, encargado de primeros auxilios,
iba al frente de la columna. Miró hacia el final de la columna y distinguió
entre los rezagados a Cota Santillanes. Bajó su mochila y llenó su cantimplora
con un poco de agua que llevaba de reserva. Lo esperó, le ofreció el agua y
siguió con él, pero al poco rato desistió por la lentitud con que avanzaba el
cabo de 20 años de edad. Decidió avanzar a su paso y, ya entrada la mañana,
alrededor de las 10, un soldado gritó que el operador de la radio ya no podía
avanzar.
Estaban por entrar al cañón David cuando el comandante de la patrulla ordenó
alto total para que Rivas Medina pudiera revisar a Cota Santillanes. Le
suministró una ampolleta de suero.
Con la urgencia de continuar, Rivas Medina cargó la radio, el comandante de la
patrulla tomó el arma y un soldado lo ayudó con su mochila. El sendero se
alargaba, contrariamente a lo que pensaba el subteniente Herrera kilómetros
atrás, cuando respondió a la advertencia de sus subordinados de que desviaban
demasiado la ruta marcada en los mapas.
Pero no avanzaron más de un kilómetro cuando Cota Santillanes --apodado “El
Traca”-- reventó. Le siguió Matlacuatzi Meléndez. El subteniente tomó la radio e
intentó comunicarse con la Comandancia de la Segunda Región Militar en Mexicali.
Pasaba del medio día. Las baterías de repuesto se habían agotado días atrás en
el desarrollo de otras operaciones y las que usaban empezaban a dificultar la
comunicación.
El subteniente vio que de sus 34 soldados, ocho estaban desplomados entre las
rocas, a la sombra de unas matas secas, con evidentes síntomas de
deshidratación. Después de varios intentos, hubo contacto con la Sección
Tercera, Operaciones de Estado Mayor, de la Segunda Región Militar, en donde
estaba de guardia el cabo Gilberto López Villalobos.
"Manden agua rápido porque ya se nos agotó y se están desmayando", se escuchó.
El comandante de la patrulla urgió de nuevo y añadió que las coordenadas en las
que se encontraban eran las que aparecían con la clave PF-4869, que eran
inaccesibles con vehículo. Cuando el mayor Gilberto Martínez Martínez, jefe de
la Sección Tercera, recibió el informe del cabo López Villalobos, se encontraba
con el subjefe del Estado Mayor de la región, el coronel Jaime González Montes.
La petición de auxilio los sorprendió, pues ninguna de las patrullas que antes
había realizado el curso había tenido contratiempos.
La orden del coronel González al mayor Martínez fue que despachara una unidad
militar con agua a la zona indicada, que era a seis kilómetros de la cañada
David. Al poco rato, el cuartel recibió una nueva llamada:
"Rápido, mándenos agua porque nos estamos muriendo de sed, ya ‘El Traca’ y uno
más no pueden caminar... ya están agonizando dos, mándenos agua". Hubo una serie
de interferencias y la comunicación se interrumpió; el coronel ordenó al
operador de la radio que estableciera contacto de nuevo, y entre ruidos se
volvió a escuchar al subteniente Herrera. González insistió en que le dieran un
punto característico del lugar de donde estaban porque la coordenada que
señalaba estaba muy lejos del cañón David.
Por la radio sólo se escuchó: "ya no podemos caminar, vengan a ayudarnos...". De
nuevo se cortó la señal.
El capitán Rueda llegó a las ocho de la mañana, hora indicada para reabastecer a
la patrulla, al puesto de observación custodiado por el sargento Pablo Caciano
Hernández. Le preguntó si había visto pasar la patrulla. El vigía le dijo que
no. El oficial se extrañó, pues a las seis de la mañana, cuando salió de
Guardianes de la Patria con los otros dos oficiales, el sargento Saavedra y el
conductor, observó las pisadas de los integrantes de la patrulla que iban en la
dirección correcta.
Poco después consultó con los instructores Galindo Vázquez y Moreno Osorio,
quienes le dijeron que lo mejor era avanzar hasta la parte más alta del camino
para ver si desde ahí los podían ver. Al poco rato subieron a una elevación
rocosa y no vieron nada. Decidieron entonces trasladarse al Campo Mosqueda para
descargar el remolque con las provisiones y dejar en el vehículo el tambo con
agua para tener más movilidad. Patrullaron otra vez alrededor de los cerros, sin
que tuvieran resultados.
A unos kilómetros de ahí, bajo la caldera solar de Laguna Salada, el sargento
Gustavo Romo García, segundo en el mando, observó a Herrera que con dificultad
podía emitir los mensajes de auxilio; consideró que los soldados que estaban en
condiciones de continuar tendrían que hacerlo de inmediato; al mal estado de
Cota Santillanes y Matlacuatzi Meléndez, se sumaron el subteniente y otro
soldado. El comandante gritó que quienes pudieran continuar la marcha buscaran
la salida hacia la carretera y les enviaran agua.
Eran 10 los que iban en busca de la salida; delante de todos iba una perrita,
Reina, que se había acostumbrado a acompañar a los soldados de las distintas
patrullas. Mientras tanto, las lecciones de supervivencia en el desierto
parecían prolongar la agonía de los que se quedaron, algunos de los cuales se
sumergieron en un profundo sueño, a la sombra de rocas y matorrales, del cual ya
no despertaron. Otros se dispersaron a buscar biznagas, planta que al chuparla
se le puede extraer agua.
BÚSQUEDA Y DESESPERACIÓN
Después de las dos de la tarde, el calor había llegado a 45 grados. El sargento
Romo y algunos de sus hombres, entre los que iba Rivas Medina, encontraron una
cueva y decidieron resguardarse al menos hasta la hora del crepúsculo. "Las
piernas no me respondían, el estómago lo sentía seco y todo me daba vueltas,
empezando la desesperación para todos porque no se le veía el fin a la cañada",
recordó después Rivas Medina.
Los soldados que no pararon seguían a Reina, con la esperanza de que ella sí
conociera el camino. Cuando las siluetas verde olivo se paraban, el animal
ladraba y aullaba. Llegó un momento en que sus aullidos eran llantos, y, en la
desesperación, dos de los soldados quisieron agarrarla para abrirle el cuello y
beber su sangre. No pudieron, Reina echó a correr y no paró hasta llegar a Campo
Mosqueda.
Cuando los oficiales instructores la vieron llegar dieron la voz de alerta. La
perra bebió algo de agua y los subtenientes trataron de reanimarla, para que los
llevara a donde estaba la patrulla. Después de unos minutos, Reina murió.
El mayor Martínez ordenó al capitán Rueda reanudar la búsqueda. Salió de Campo
Mosqueda en su vehículo con los subtenientes Moreno Osorio y César Aníbal
Variller Ramírez, también instructor del curso. Llevaban un equipo de
transmisiones en cuya frecuencia serían identificados como Tecolote Dos.
El general de División Eulalio Fonseca Orozco, comandante de la Segunda Región
Militar, recibió el informe sobre la patrulla cuando se encontraba en un
helicóptero de la Comisión Federal de Electricidad. Sobrevolaba la
termoeléctrica de Cerro Prieto, bloqueada como protesta por el aumento de las
tarifas eléctricas por el Frente Cívico Mexicalense. Con él volaba el capitán
Crisóforo Martínez Parra, jefe de Inteligencia Militar en la región.
El general pidió que le enviaran las coordenadas para volar hacia el lugar donde
se había reportado la patrulla. También solicito que si había un nuevo contacto
por radio con los extraviados, les dijeran que hicieran señales de humo. Al poco
rato sobrevolaba a unos siete kilómetros de donde se encontraba el subteniente
Herrera, y los que no pudieron avanzar escucharon el motor del helicóptero, pero
nunca apareció. Quemaron botas, camisas, leña verde, extendieron unas sábanas,
pero la ayuda jamás llegó.
EL RESCATE
Al atardecer llovió durante una 10 minutos en el cerro El Mayor. Quienes estaban
recostados entre las rocas hicieron cuencos con las mangas de la camisola,
bebieron agua caliente y algunos llenaron sus cantimploras. Fue el empujón que
necesitaban para que, más tarde, pasada la media noche, pudieran continuar el
ascenso.
Donde no llovió fue en las partes bajas, donde se encontraba el comandante de la
patrulla y quien ahora era su segundo, el sargento Cecilio Santiago Ramírez. El
subteniente Herrera le ordenó, cuando empezaba a oscurecer, que los soldados que
estuvieran en mejores condiciones fueran a la entrada del cañón y encendieran
fogatas. Entre los que se pudieron mover estaban los soldados Javier Meza Mares
y Casimiro Cruz Ramírez, con los que se acordó que en caso de novedades se
comunicarían con disparos al aire. "Estas personas se fueron y ya no regresaron
durante la noche ni nunca más, porque fallecieron", declaró tras su rescate
Santiago Ramírez.
Los del cerro reanudaron el ascenso. Descansaron hasta las dos de la mañana.
Del otro lado de la montaña, con la llegada de la noche, el capitán Rueda
continuaba la búsqueda por una brecha que se iniciaba a la orilla de la
carretera y que se adentraba por la montaña. Con los dos oficiales hacían
disparos al aire, encendían fogatas y regresaban al vehículo para avanzar por
otros lugares. Buscaron señales toda la noche hasta que salieron por el área que
correspondía a Laguna Salada cerca de las cinco de la mañana del martes 30 de
julio.
A esa hora se acercaban a lo alto del cerro cuatro soldados con el cabo
Francisco Javier Leyva Delgado a la cabeza. Más atrás iba el sargento Romo con
otros soldados, su objetivo era llegar a la cima antes de que saliera el sol.
El amanecer despuntaba cuando el cabo Leyva vio desde la cumbre un río y la
carretera. Se adelantó y, poco antes de la siete de la mañana, fue el primero en
recibir ayuda. "Me auxilió un americano y me regaló agua, le pregunté si sabía
dónde quedaba el Campo Mosqueda, contestándome que estaba más adelante y se fue.
Decidí pedir raite a otro vehículo, que me llevó hasta Campo Mosqueda", relató
horas después.
Los oficiales y el personal de Campo Mosqueda lo ayudaron a quitarse el equipo,
se comunicaron con el general Fonseca y el capitán Martínez Parra, quienes
llegaron en un helicóptero. Lo interrogaron sobre la ubicación de sus
compañeros. Mientras se recuperaba, subió a la aeronave para indicarles a sus
superiores por dónde había salido y en qué parte se encontraba el resto de la
patrulla.
Aproximadamente a esa hora, en lo más hondo del cañón David, el soldado Luis
Coss Rodríguez se quedó pasmado cuando el subteniente Herrera despertó. El
oficial dijo a los pocos que aún lo escuchaban: "Estoy malo, qué moral les voy a
dar, yo estoy con ustedes", y "se retiró del lugar posiblemente para que no
muriera con nosotros, se levantaba y se caía, seguía refiriendo todavía que él
llevaba la pauta, sin saber qué quería decir con eso, finalmente se fue, dijo
que iba por agua, se subió por el cerro y desde ahí nos gritaba: 'vengan, aquí
hay agua', pero ya nadie se podía mover, sabíamos que no era verdad, ya que
estaba alucinando, vimos que se sentó y ya no supimos nada de él", contó después
el soldado.
Poco antes del medio día, abrió los ojos el soldado Roberto Carlos Arredondo
Guzmán, miró a su alrededor y se percató de que ya habían muerto sus compañeros
Cota Santillanes y Matlacuatzi Meléndez. Otros estaban profundamente dormidos,
como Ricardo Ceceña Castro, debajo de un árbol seco. Cuando despertó se
encontraba, desde hacía cuatro días, en el hospital del ISSSTE de Mexicali.
Cuando el capitán Rueda y los dos oficiales que lo acompañaban vieron que la
mañana avanzaba sin resultados en la búsqueda, descansaron un poco para después
pedir instrucciones por radio a la comandancia. Sin indicaciones concretas, los
oficiales Moreno y Variller le sugirieron al instructor que ellos recorrerían
otro tramo a pie mientras él le daba la vuelta al cerro en el vehículo. El
capitán regresó al puesto de observación. Preguntó al vigía si sabía algo de los
dos oficiales que andaban por la zona, al no tener noticias de ellos, regresó al
punto donde los había dejado. Esperó algunas horas, efectuó algunos disparos al
aire y regresó al Campo Mosqueda, en donde avisó que los dos oficiales se habían
perdido.
Regresó en compañía del teniente Ponce y del subteniente Rafael Galindo
Velázquez al puesto de observación, donde el sargento Pablo Caciano les informó
que había hecho contacto con el subteniente Variller, quien informó que el
teniente Moreno se encontraba con una fuerte insolación y que si no recibía
auxilio pronto, moriría al día siguiente. El capitán Rueda se movilizó hacia las
coordenadas que habían dado por radio al centinela antes de perder contacto con
ellos.
Mientras, por la montaña bajaba el soldado José Francisco Bueno Gaxiola, más
arriba otros de sus compañeros, entre ellos el sargento Romo, descendían con
dificultad. Unos kilómetros más abajo, por el camino que une Mexicali con San
Felipe, se acercaba una suburban verde que desde temprano había salido de la
Segunda Región Militar. Ahí iba el general Fonseca, acompañado por uno de los
soldados que había encontrado en la carretera, quien le señaló en donde se
encontraban sus compañeros.
"Vimos a un soldado que nos hacía señas, por lo que el general Fonseca ordenó a
su chofer que detuviera el vehículo, al detenerse me bajé inmediatamente y le
pregunté al soldado qué hacía en ese lugar, noté que se encontraba sin camisola
y con acento desesperado manifestó que era integrante de la patrulla que se
había extraviado, al preguntarle por el resto de sus compañeros dijo que no
sabía, el general le ordenó que se subiera y que nos llevara al lugar de donde
había salido", contó después el capitán Martínez Parra.
Por el camino encontraron un vehículo Hummer con el coronel Ranferi Aburto
Avilés, comandante del 67 Batallón de Infantería en El Ciprés, Baja California,
quien también participaba en la búsqueda. Avanzaron ocho kilómetros al sur de
Campo Mosqueda, se estacionaron y el soldado les señaló por dónde había salido y
por dónde podrían venir sus compañeros. Tomaron la brecha y durante varios
minutos silbaron sin escuchar nada. Los soldados con el sargento Romo a la
cabeza se acercaban a la carretera cuando escucharon los silbidos, respondieron
con gritos y levantaron los brazos; vieron que el general Fonseca se acercaba
con otros oficiales y dos de sus compañeros. Tan pronto el comandante de región
los encontró, les preguntó que dónde estaba el resto del personal. Contestaron
que ellos se habían adelantado para pedir ayuda. "El general nos regañó diciendo
que 'por qué salíamos, porque si un elemento de la patrulla se muere nos morimos
todos, para eso éramos un equipo', le indicamos al general que el resto de
personal se encontraba del otro lado del cerro, al principio del cañón, a lo que
nos respondió: 'que se mueran por huevones'", relató el cabo José Humberto Urías
Berelleza.
El general Fonseca se comunicó con el coronel Montes a la comandancia, a quien
ordenó que se enlazara con la CFE para que le prestaran el helicóptero.
La tarde avanzaba cuando los soldados que buscaban cactus entre rocas y arena
vieron el helicóptero, donde se encontraba el cabo Leyva Delgado. Hicieron
señales con sábanas, quemaron lo poco que les quedaba de ropa y el aparato
aterrizó cerca de una duna, donde se encontraron los cuerpos moribundos y dos de
los fallecidos.
"Al arribar, el personal se encontraba desesperado y nos pedían agua, por lo que
de inmediato bajé la litera que traíamos y empezamos a repartir el agua y
refrescos, noté que el personal se encontraba semidesnudo, algunos en trusa y
otros en pantalón y camiseta, preguntándoles en dónde se encontraba el oficial
para saber lo que había sucedido, un soldado me entregó la pistola y me dijo que
el oficial, por la mañana, se había ido con otro soldado a buscar ayuda", relató
Martínez Parra.
El cabo Bernabé Montaño Sánchez dejó de respirar cuando comenzó a llegar la
ayuda del helicóptero con el general Fonseca al frente. La aeronave se llenó y
el capitán Martínez Parra se quedó para continuar la búsqueda apoyado por Leyva
Delgado.
En el trayecto, el general Fonseca no salía de su asombro: revisó las mochilas
de los sobrevivientes y encontró que llevaban naranjas, jugo de sabor frambuesa
y otros víveres. Les preguntó por qué no habían consumido lo que llevaban y le
respondieron que, ante el temor, nunca se acordaron.
Cuando el helicóptero despegó, Martínez Parra encontró en los alrededores del
cañón David a dos soldados debajo de unas ramas cubriéndose del sol; al lado
había un cadáver. Subieron a los soldados y al cuerpo, sobrevolaron hacia donde
principiaba la cañada y en una barranca vieron la silueta inerte de otro
militar. También lo subieron. En unos minutos, los dejaron en unas ambulancias
que estaban en la carretera resguardadas por Hummers.
Con las primeras sombras nocturnas, el capitán Rueda seguía la búsqueda de los
dos oficiales extraviados. Cuando la visibilidad se había perdido, observó que
sus dos acompañantes señalaban hacia lo lejos, donde se veía la luz de una
fogata. Caminaron en esa dirección, pero al poco rato la luz desapareció.
Después de varias horas regresaron a su vehículo y distinguieron las luces de
dos vehículos en los que viajaban el general Fonseca y el coronel Aburto. Cuando
el comandante de región escuchó el informe del capitán Rueda, ordenó que se
coordinaran para proseguir la búsqueda de los tenientes Moreno y Variller.
La búsqueda continuó durante la noche. El capitán Martínez Parra se apoyó en
varios soldados del 23 Regimiento de Caballería, mientras su homólogo Rueda lo
hizo con otros oficiales, a los grupos los coordinaba el coronel Aburto. Al
amanecer, Martínez Parra vio en una barranca, muy cerca del cañón, el cuerpo de
un soldado. Se trataba de Tobias Estrella. Poco después, el helicóptero
descendió cerca de donde se encontraban y depositó a la entrada del lugar tres
cuerpos, al rato llegó con los cadáveres de otros tres. Aquel miércoles 31, el
helicóptero llevó seis soldados sin vida al cuartel, entre ellos el del
subteniente Herrera, comandante de la patrulla Tecolote.
Durante el jueves 1 y el viernes 2 de agosto, por tierra y aire, siguió la
búsqueda de los dos subtenientes, hasta que el sábado fueron encontrados entre
rocas y ramas secas, ya sin vida. El resultado final fue de 11 soldados y tres
oficiales muertos por "golpe de calor, deshidratación e insolación".
Sobrevivieron 22.
EPÍLOGO
El informe del general brigadier Alfredo Fregoso Cortés, jefe de Estado Mayor de
la Segunda Región Militar, quien durante las horas de emergencia se encontraba
de comisión en la Ciudad de México, señalaba en el punto I que "el factor
definitivo que provocó la muerte del personal de Tropa y que impidió que éstos
reaccionaran ante la situación de emergencia que tenían, fue el sueño que les
provocaron las altas temperaturas, del cual ya no despertaron".
Según el general, los equipos de radiocomunicación no satisfacían las
necesidades de las unidades desplegadas en la región, además de que los
extraviados no llevaban suficiente batería de respaldo.
La ruta que deberían seguir y la ruta que siguieron aparecen al final de las
conclusiones.
Pocos días después de la muerte de los 14 militares, el general Fonseca Orozco
dio una entrevista a un diario local, al que declaró que no se podía excusar
"con la ignorancia, con las deficiencias o negligencias de mis subordinados". En
estas circunstancias, aseguró que por la muerte de los jóvenes soldados "yo soy
el responsable".
Sin embargo, por el caso de Laguna Salada, la justicia militar procesó al
capitán José Ever Rueda Barrón, coordinador del Curso de Patrullas de
Operaciones Especiales, y a los dos oficiales instructores. Después de poco más
de tres años de juicio, el juez primero Militar, con sede en el Campo Militar
Número Uno, consideró que los procesados eran responsables, pero por la falta de
pruebas de la Fiscalía Militar, la justicia federal los dejó libres.
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